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jueves, julio 24, 2008

Mi primer encuentro con amigos en Praga y la cerveza checa Parte I


¡Praga! ¡Praga! fue el grito que me despertó la mañana del 10 de junio de 2002. Eran dos de los coreanos que viajaban conmigo desde Frankfurt en el mismo compartimiento de tren. Praga... República Checa. En ese momento no lo sabía, pero esas dos palabras se despertarían en mi corazón cada vez que bebiera una cerveza.

No había dormido bien la noche anterior, apretado entre cinco mochileros coreanos que invadieron todo el compartimiento. Pero era Praga y frotándome los ojos me levanté y me fui a asomar por la ventanilla para ver aquella ciudad que tantas veces había imaginado gracias a los libros. Y al asomar la cara por la ventanilla, lo primero que percibieron mis sentidos, fueron la hermosa arquitectura de la ciudad, un aire lleno de música y un dulce olor a cerveza, espíritu del alma checa.

Los coreanos que se encontraban a mi lado y que no hablaban casi nada de inglés y mucho menos de español, me veían y solo atinaban a decir ¡Praga! ¡Praga! con una sonrisa cómplice, porque todos sabíamos que lo que íbamos a ver, nada más bajando el tren, sería una ciudad majestuosa, en realidad una bella anciana, Praga, madre de las ciudades.

En el fondo, todos los seres humanos somos similares. No importa que uno sea de Olomouc o de San Luis Potosí, México. En el fondo hay mas cosas que nos unen que cosas que nos separan. Y esto me lo enseñó la cerveza checa.

Y es que una parte importante de mi viaje a la República Checa, corazón de Europa, fue guiado, sin querer, a través de la cerveza. Cuando mis amigos de Moravia me encontraron en el Monumento a San Wenceslao en la Václavské námestí (Plaza de Wenceslao) y sonrientes me dieron la bienvenida a su hermoso país, hacía un calor terrible de verano y por ello una de las primeras cosas que hicimos fue tomar, en un bar cercano al famoso barrio de Kampa, una cerveza que, sin saberlo, iba a cambiar muchas cosas en mí. Porque viajar puede cambiarlo a uno y la República Checa me cambió a mí, por su gente, su cultura y su cerveza.

El momento de mi primer cerveza checa no lo olvidaré. Y es que nada más entrar al bar, el perfume de la cerveza inundó mis sentidos. Mis amigos checos notaron una sonrisa leve en mi cara y sonrieron también. Sabían que el corazón de Europa estaba entrando por mi olfato y que me gustaba mucho. Y es que, no es extraño que casi siempre, la primera impresión de un país provenga de su olor. Amigos españoles y holandeses dicen que al llegar a México siempre perciben un leve olor a maíz. Y muchos extranjeros perciben en España y en Corea un fuerte olor a ajo cuando llegan a Seúl, Madrid o Sevilla. Por eso, el olor de esa dulce ancianita que es Praga es impactante, porque contiene el espíritu de una cultura ancestral, que, entre muchas otras cosas, ha dado al mundo la música de Smetana y la literatura de Karel Capek y, sobre todo, la hospitalidad y calidez del pueblo checo. Y esta característica de la Ciudad de las Cien Torres llega al mismo espíritu del visitante que sabe, que, durante su estancia y por siempre, estará inundado de la fragancia de Bohemia, Valaquia y Moravia. Del perfume dulce de la República Checa.