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miércoles, septiembre 07, 2011

Adiós al verano... ¿adiós al amor?

El tren a París, el día que repetía una y otra vez Summer Skin de los Death Cab for Cutie

Hace unos años, un día lluvioso viajaba por tren en Europa y en mi iPod no dejaba de escuchar una canción de los Death Cab for Cutie que resumía mi estado de ánimo - nostálgico - debido al fin del verano y con ello el fin de un sueño amoroso que no resultó. La canción se llamaba "Summer Skin" . Oficialmente, esta canción no tenía un video, así que durante mi viaje en el tren repetí una y otra vez la melodía inventándome el video con la imaginación.

Unos años después, aquí en México, para ser exactos hace unas semanas, preparaba una clase sobre la problemática de los derechos de autor y el CC Commons en la  era de Internet cuando, por curiosidad, busqué en Vimeo y en Youtube "Summer Skin", por si acaso  me encontraba un video.

Cual sería mi sorpresa al encontrar 5 versiones distintas del video de Summer Skin. Las versiones fueron realizadas por un muchacho de un suburbio norteamericano, por una mujer que tomó el video de cumpleaños de su hija, por una adolescente que videograbó su verano, por un cineasta en ciernes que se inspiró en la naturaleza para hacer su versión y la que más me gusta: la versión de unos estudiantes de cine que utilizaron niños para recrear el mensaje de la canción: No te quedaste con la muchacha que amabas, pero ambos disfrutaron un grandioso verano que siempre vivirá en los recuerdos, aunque el verano y su piel dorada desaparezcan con el peso de lo rutinario de la vida... aquí las cuatro versiones de Summer Skin y aquí un enlace a la clase que impartí con estas canciones :)

Versión 1: Muchacho de un suburbio (los tonos ocres hacen aún más nostálgica esta canción

Summer Skin - Death Cab For Cutie Music Video from Louis Wong on Vimeo.



Verión 2: La joven madre realizó este video en homenaje a su hija que cumplía años. Al final añade sonido directo de la fiesta, que le da otro tono a la canción.

Saralyn's 2nd Birthday - Death Cab For Cutie - Summer Skin from dewde on Vimeo.




Verión 3: La adolescente que filmó este video en blanco y negro advierte que es su primer experimento editando. No obstante el video es divertido y respeta el espíritu de la canción ;)

Summer Skin from Rachel Baxter on Vimeo.

Video 4: Este video realizado por un aspirante a cineasta tiene un poco de más búsqueda e intenta ilustrar el mensaje de la canción (la pérdida del amor) con imágenes nostálgicas de la naturaleza

A Walk In The Park from Josh Piersma on Vimeo.

Video 5: Mi favorito. este video fue realizado por unos estudiantes de cine. Utilizaron a unos niños para representar a unos oficinistas que llevan una vida rutinaria, triste y sin amor, pero que en el medio de esa vida (parecida a la de mucha gente estos días, yo incluído) siempre existen los recuerdos que nos regresan al verano, cuando aún existía la posibilidad de ser ingenuos...

Death Cab for Cutie - "Summer Skin" from Gary Bush on Vimeo.

miércoles, julio 29, 2009

Historia de amor en el tren a Estambul


Estaba revisando mi correo de Hotmail cuando descubro en la publicidad un cortometraje en formato flash acerca de un hombre que busca desesperadamente a una mujer que descubrió por el olor de su fragancia (Chanel no. 5) durante un recorrido de tren cuyo destino era Estambul.

El ritmo de la película es intenso. Su protagonista, Audrey Tatou (el Código Da Vinci) recrea su personaje de la película Amélie: recatada en el vestido pero con el espíritu salvaje de una adolescente de la actualidad. De hecho, aunque el IMDB no señala quién es el director, uno puede inferir fácilmente por los planos, la fotografía, los personajes y el ritmo, que este comercial de Chanel ha sido dirigido por Jean-Pierre Jeunet, el mismo direcor de "Le fabuleux destin d'Amélie Poulain".

Tiene algunos clichés de las películas románticas: la muchacha solitaria y soñadora, el protagonista masculino (Travis Davenport) cuya imagen representa más bien homosexualidad, los escenarios románticos como el estrecho del Bósforo que separa Europa de Asia y sobre todo las estaciones de tren.

Habíamos hablado (aquí) sobre la inexplicable política del gobierno mexicano de desaparecer el servicio de trenes para transporte público. Este hecho canceló muchas posibilidades para el viajero: un acercamiento más profundo al paisaje nacional, el acercamiento a otras culturas con las cuales uno puede convivir en los vagones y claro, la eventualidad de un encuentro romántico como el de la película citada líneas arriba.

Yo tuve dos momentos románticos en trenes. Fueron despedidas y si bien esto anterior es triste, me quedó en claro que en algún punto de la realidad se apoyaban todas esas películas donde el tren era el vehículo del destino para separar amores y generar tristezas. El tren fue el invento más importante del siglo 19 y sigue vigente en casi todo el mundo como el medio de transporte más eficaz. Y todavía hoy permite que uno se despida con tristeza o encuentre a ese gran amor...

Aquí el cortometraje con la publicidad de Chanel No. 5 con Audrey Tatou de protagonista:

domingo, julio 26, 2009

¿Por qué en México no hay trenes?

Odio el hecho de que México no tiene un servicio de trenes público. El tren es ecológico, puede llevar más personas, es cómodo y sobre todo es romántico. ¿Quién no ha pensado en una despedida de un ser amado en el anden mientras ella se va diciendo adiós con la mano?.

miércoles, junio 24, 2009

¿Cómo ducharse cuando se viaja de mochilero? Consejos prácticos

En un viaje que hice a París por tren desde Madrid, estaba preocupado en cómo luciría por la mañana, cuando mi hermosa amiga francesa acudiera a recogerme a la estación. Mi viaje iba a ser nocturno e iba a durar como 11 horas. Yo quería dar una buena impresión. Estar limpio y fresco como una lechuga. Sin duda, encontrar dónde ducharse es una de las mayores preocupaciones que se tienen cuando se viaja como mochilero.

Existen algunas “técnicas” para ponerse presentable y dar una buena imagen aunque lleves viajando 11 o más horas por ferrocarril.

La primera técnica la utilicé en un viaje que hice desde Brno (República Checa) hasta Nápoles (¡casi 24 horas de viaje!). Hice un trasbordo casi inmediato en la estación de Roma proveniente de Viena. Hacía un calor muy fuerte de verano. Cuando faltaba una hora para llegar Nápoles, en donde vería a mi bellisima (pronunciar en italiano por favor) amiga Valentina que me esperaba en los andenes, me levanté de mi asiento y entre al baño del tren. Llevaba mi toalla, un jabón y una muda de ropa. Hice lo que llamamos en México “baño vaquero”. Y me lavé el pecho, la espalda, el cuello, la cara, e incluso el cabello. Una muda de ropa, loción aquí y allá. Y “voilá”, cuando me encontré con Valentina estaba “radiante de limpio”. Y aquí entre nos, me dijo que le gustaba la loción. Esta técnica la usé otras veces. No sólo para encontrarme con amigas, sino simplemente para salir del tren fresco, limpio y listo para recorrer los pueblitos y ciudades que he tenido la fortuna de visitar. Creo que puede funcionar hasta cierto grado en un avión. Sé que éste consejo de viaje suena medio obvio, pero cuando estás cansado, algo desesperado y tal, puede haber momentos que te resignes a aparecer ante tus amigos o amigas como esos mochileros gringos onda hippie que abundan en algunas ciudades de México y esa no es la mejor impresión. (Ah…soy un conservador).

Obviamente, en los aeropuertos es más fácil la cosa. Los baños suelen ser amplios y normalmente están limpios. Aunque debes tener cuidado en algunos, como el de Ámsterdam, donde las señoras que limpian entran al baño de hombres así sin avisar y tu puedes estar en el mingitorio mientras ellas limpian a tu lado, lo cual, claro es algo medio incómodo.

En Europa casi siempre te puedes dar una ducha en baños públicos de buena calidad, aunque claro, su costo varía entre los 6 y 8 euros. Pero créeme, pagarías eso por una buena ducha en un baño limpio y seguro. Y así son los baños en las estaciones de Francia. Al menos en las “gares” (así llaman a las estaciones de tren allá) de París. Te dan una bolsa sellada con tres toallas, jabón y una bolsita de champú. El baño está limpio, libre de humedad, que hasta parece de un hotel nuevo. Y lo mejor: son amplios e individuales, por lo que puedes vestirte con toda calma. Tienen un plazo como de 45 minutos o algo así. Inmediatamente que sales del baño ya vestido con nueva ropa y fresco, el equipo de limpieza se mete para limpiar y dejar el baño como nuevo.

No obstante, siempre es recomendable llevar unas sandalias cuando te vayas a dar un baño y así prevenir enfermedades y también por la eventualidad de encontrarte con una estación que no cuente con baños limpios. A mi me ocurrió en la estación de Praga. Yo había viajado desde Frankfurt y quería bañarme antes de encontrarme con mi hermosa amiga Lada que me vería dos horas después en la Plaza Wenceslao de la capital checa, “ahí en donde está el caballito” había pedido ella.

Entonces pregunté dónde había baños y encontré uno. Era “atendido” por dos tipos malencarados que bebían cervezas ¡a las 8 de la mañana! (soy un conservador) en una mesa viaje y desvencijada.

Los “baños” estaban llenos de moho, sucios, etc. al grado que al salir de ahí dejé las sandalias en la basura. De hecho, pensaba mientras me caía el agua fría en la cara que quizás aquel baño en lugar de limpiarme me ensuciaría más. No obstante la actitud ayuda y cuando vi a Lada aquella mañana checa en la “Vaclavske namesti” … la Plaza de Wenceslao “ahí en donde está el caballito”, yo estaba fresco, olía a champú y rechinaba de limpio. (Quiero aclarar que actualmente, la estación de trenes de Praga está siendo reconstruida bajo los parámetros de calidad de la Unión Europea, por lo que no sería extraño que los baños checos ahora se parezcan a los de Holanda o Francia).

Cuando me encontré con mi amiga francesa aquella mañana en París (se oye como si viajara mucho) agradecí la existencia de aquellos baños, porque ella estaba bellísima (ahora si pronunciado en español) y fresca. Y porque yo me sentí con mayor seguridad al saberme limpio para, irónicamente, sudar y sudar caminando por las calles de París…. Soy un conservador…

jueves, julio 24, 2008

Mi primer encuentro con amigos en Praga y la cerveza checa Parte I


¡Praga! ¡Praga! fue el grito que me despertó la mañana del 10 de junio de 2002. Eran dos de los coreanos que viajaban conmigo desde Frankfurt en el mismo compartimiento de tren. Praga... República Checa. En ese momento no lo sabía, pero esas dos palabras se despertarían en mi corazón cada vez que bebiera una cerveza.

No había dormido bien la noche anterior, apretado entre cinco mochileros coreanos que invadieron todo el compartimiento. Pero era Praga y frotándome los ojos me levanté y me fui a asomar por la ventanilla para ver aquella ciudad que tantas veces había imaginado gracias a los libros. Y al asomar la cara por la ventanilla, lo primero que percibieron mis sentidos, fueron la hermosa arquitectura de la ciudad, un aire lleno de música y un dulce olor a cerveza, espíritu del alma checa.

Los coreanos que se encontraban a mi lado y que no hablaban casi nada de inglés y mucho menos de español, me veían y solo atinaban a decir ¡Praga! ¡Praga! con una sonrisa cómplice, porque todos sabíamos que lo que íbamos a ver, nada más bajando el tren, sería una ciudad majestuosa, en realidad una bella anciana, Praga, madre de las ciudades.

En el fondo, todos los seres humanos somos similares. No importa que uno sea de Olomouc o de San Luis Potosí, México. En el fondo hay mas cosas que nos unen que cosas que nos separan. Y esto me lo enseñó la cerveza checa.

Y es que una parte importante de mi viaje a la República Checa, corazón de Europa, fue guiado, sin querer, a través de la cerveza. Cuando mis amigos de Moravia me encontraron en el Monumento a San Wenceslao en la Václavské námestí (Plaza de Wenceslao) y sonrientes me dieron la bienvenida a su hermoso país, hacía un calor terrible de verano y por ello una de las primeras cosas que hicimos fue tomar, en un bar cercano al famoso barrio de Kampa, una cerveza que, sin saberlo, iba a cambiar muchas cosas en mí. Porque viajar puede cambiarlo a uno y la República Checa me cambió a mí, por su gente, su cultura y su cerveza.

El momento de mi primer cerveza checa no lo olvidaré. Y es que nada más entrar al bar, el perfume de la cerveza inundó mis sentidos. Mis amigos checos notaron una sonrisa leve en mi cara y sonrieron también. Sabían que el corazón de Europa estaba entrando por mi olfato y que me gustaba mucho. Y es que, no es extraño que casi siempre, la primera impresión de un país provenga de su olor. Amigos españoles y holandeses dicen que al llegar a México siempre perciben un leve olor a maíz. Y muchos extranjeros perciben en España y en Corea un fuerte olor a ajo cuando llegan a Seúl, Madrid o Sevilla. Por eso, el olor de esa dulce ancianita que es Praga es impactante, porque contiene el espíritu de una cultura ancestral, que, entre muchas otras cosas, ha dado al mundo la música de Smetana y la literatura de Karel Capek y, sobre todo, la hospitalidad y calidez del pueblo checo. Y esta característica de la Ciudad de las Cien Torres llega al mismo espíritu del visitante que sabe, que, durante su estancia y por siempre, estará inundado de la fragancia de Bohemia, Valaquia y Moravia. Del perfume dulce de la República Checa.


miércoles, abril 09, 2008

Mujeres que viajan solas II: el caso de la muchacha canadiense de Frankfurt














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Ella se rehusó a viajar en el compartimiento del tren con los coreanos. Prefirió quedarse en el pasillo. La conocí en el anden del tren que iba de Frankfurt a Praga. El anden estaba oscuro y, como yo, ella estaba despistada y no sabía si ese era el tren correcto.

No sé ni de qué país era, pero hablaba inglés y caminó conmigo por aquel anden oscuro donde por fin encontramos un boletero que dijo que si, que ese vagón era el que nos tocaba. Su rostro brillaba y estaba un poco asustada. Y cuando subimos al tren, todos los compartimientos estaban ocupados, salvo uno donde viajaban 4 coreanos.

Ella los vio y luego me dijo que prefería esperar por un mejor lugar en otra parte del tren. Media hora después, cuando llegó el de los boletos gritando “passport control” miré y ella continuaba en el pasillo, observando por la ventanilla el caer de la tarde alemana, escuchando algo en su Ipod. En su mochila, apenas visible, estaba pegada un aestampa de la bandera de Canadá y su rostro brillaba…

¿Es seguro para una mujer viajar sola por Europa? ¿Qué se puede encontrar una muchacha viajando de mochila? En este episodio número 7 de pasajeros con destino continuamos hablando sobre lo que puede esperar una mujer si viaja sola por Europa… y en esta ocasión Karol, una muchacha de 22 años, nos plática su experiencia viajando de mochila, con una amiga por el viejo continente. Nos cuenta cuánto le costó el viaje, las anécdotas que le ocurrieron y sobre todo nos dice si, para ella, fue seguro viajar sola por el viejo continente.

Mujeres que viajan solas 1: el caso de la muchacha china de Lisboa

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Espero en el andén a que llegue la hora de salir de regreso para España. Pasé todo el día caminando por Lisboa. Subí al elevador de Santa Justa y admiré la ciudad, caminé por la calle do comercio y estoy cansado…

Y ahora espero en el andén de la estación. No quería, pero tuve que pagar por una cama. Quería ahorrar unos euros, pero no pude. Y ahora veo que es una ventaja el coche-cama. Podré descansar y dormir a pierna suelta.

Cuando quedan apenas unos minutos subo a mi compartimiento. Hay tres chinos que me miran y una muchacha china que ve hacia el piso. El chino de mayor edad me dice en inglés que lo disculpe por las inconveniencias.

¿Qué inconveniencias? Preguntó sin entender. Y el chino voltea y mira a la muchacha que está sentada sobre la cama.

“Quizás le moleste que ella viaje con nosotros” Miro a la muchacha que sigue con su vista en el piso. Parece avergonzada y tiene las manos sobre su regazo.

Miro a los chinos que también parecen apenados y sonrío. No tengo problema, no tengo ningún problema de que ella viaje también en el cuarto.

Los chinos sonríen aliviados y el mayor, que parece ser el padre, me explica que no era su intención molestarme con ella en el compartimiento, pero son cinco, 4 hombres y la muchacha y qno desean que ella viaje sola allá, en donde están los asientos normales.

Los veo de verdad preocupados por ello y trato de entender lo que no puedo. Las diferencias culturales que escapan a la comprensión humana… pienso rápido en la situación, los veo, la miro a ella ahí, apenas iluminada por un suave rayo de sol que entra por la ventanilla del tren y, pese a mi deseo de dormir largamente esa noche tiro sin darme tiempo de dudar que ….bien, si lo desean yo puedo tomar el asiento y ellos pueden viajar juntos en el compartimiento.

Sus caras se iluminan y aunque dicen “no no , no podemos aceptar eso”, terminan diciendo que si. Me sorprende lo importante que es para ellos. El de los boletos, un señor español se pone sus moños y dice que ese cambio es muy irregular y que no es posible y mientras alega con los chinos en inglés me suelta en español “no sea tonto, váyase acostado, que se jodan estos chinos…” pero termino convenciéndole.

Ya con el tren en marcha, uno de los chinos me busca en mi lugar del vagón de asientos. Me pide que vaya al compartimiento. “¿Ahora qué pasa? Pienso, pero voy. Ahí, me dan las gracias otra vez y la muchacha china, por fin, levanta su rostro, me agradece en inglés y los chinos me dan unos dulces.

De regreso en mi asiento traigo una sonrisa que no comprende el tipo que viaja frente a mí. No podré estirar las piernas en la noche, pero llevo unos dulces y 20 euros extra para almorzar nada más que llegue a Madrid…

lunes, abril 09, 2007

Mujer Viajando Sola en el Tren Nocturno de Lisboa a Madrid



Podcast aquí




Espero en el andén a que llegue la hora de salir de regreso para España. Pasé todo el día caminando por Lisboa. Subí al elevador de Santa Justa y admiré la ciudad, caminé por la calle do comercio y estoy cansado…

Y ahora espero en el andén de la estación. No quería, pero tuve que pagar por una cama. Quería ahorrar unos euros, pero no pude. Y ahora veo que es una ventaja el coche-cama. Podré descansar y dormir a pierna suelta.

Cuando quedan apenas unos minutos subo a mi compartimiento. Hay tres chinos que me miran y una muchacha china que ve hacia el piso. El chino de mayor edad me dice en inglés que lo disculpe por las inconveniencias.

¿Qué inconveniencias? Preguntó sin entender. Y el chino voltea y mira a la muchacha que está sentada sobre la cama.

“Quizás le moleste que ella viaje con nosotros” Miro a la muchacha que sigue con su vista en el piso. Parece avergonzada y tiene las manos sobre su regazo.

Miro a los chinos que también parecen apenados y sonrío. No tengo problema, no tengo ningún problema de que ella viaje también en el cuarto.

Los chinos sonríen aliviados y el mayor, que parece ser el padre, me explica que no era su intención molestarme con ella en el compartimiento, pero son cinco, 4 hombres y la muchacha y qno desean que ella viaje sola allá, en donde están los asientos normales.

Los veo de verdad preocupados por ello y trato de entender lo que no puedo. Las diferencias culturales que escapan a la comprensión humana… pienso rápido en la situación, los veo, la miro a ella ahí, apenas iluminada por un suave rayo de sol que entra por la ventanilla del tren y, pese a mi deseo de dormir largamente esa noche tiro sin darme tiempo de dudar que ….bien, si lo desean yo puedo tomar el asiento y ellos pueden viajar juntos en el compartimiento.

Sus caras se iluminan y aunque dicen “no no , no podemos aceptar eso”, terminan diciendo que si. Me sorprende lo importante que es para ellos. El de los boletos, un señor español se pone sus moños y dice que ese cambio es muy irregular y que no es posible y mientras alega con los chinos en inglés me suelta en español “no sea tonto, váyase acostado, que se jodan estos chinos…” pero termino convenciéndole.

Ya con el tren en marcha, uno de los chinos me busca en mi lugar del vagón de asientos. Me pide que vaya al compartimiento. “¿Ahora qué pasa? Pienso, pero voy. Ahí, me dan las gracias otra vez y la muchacha china, por fin, levanta su rostro, me agradece en inglés y los chinos me dan unos dulces.

De regreso en mi asiento traigo una sonrisa que no comprende el tipo que viaja frente a mí. No podré estirar las piernas en la noche, pero llevo unos dulces y 20 euros extra para almorzar nada más que llegue a Madrid…




















Frente al Elevador de Santa Justa, en la hermosa Lisboa...



miércoles, marzo 21, 2007

Rodeado de Extraños en Barcelona

Por Marco CAR

“La soledad es la expresión de un hecho real: somos de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos... En todos lados el hombre está solo”.

- Octavio Paz, en “El Laberinto de la Soledad”



En medio de cientos de personas que hablaban el español; en el mismo momento en que sonaba, en algún lugar lejano, “México Lindo y querido” en su versión instrumental, y rodeado de mexicanos, me sentí por primera vez muy solo en Europa.


Estaba en medio de la Estación Sants de Barcelona, tratando de comprar un boleto para irme a Madrid. Eran las diez de la noche y afuera caía una tormenta. En ese momento no lo sabía, pero iba a tener que pasar la noche entera ahí, rodeado de extraños... de mexicanos.

Semanas antes, había estado en países más “ajenos” a mí, como la República Checa. Se suponía que España iba a ser más cálido y cercano a mi idiosincrasia mexicana. Pero no. Me sentí más solo en Cataluña que en Praga.

A diferencia de la mayoría de los servidores públicos y de la sociedad española en general, los oficiales de turismo catalanes, esa noche, fueron muy groseros y prepotentes con todo el mundo. Pese a que el tren a Madrid tenía muchos lugares vacíos, no nos quisieron vender boletos a muchos turistas extranjeros que nos encontrábamos varados ahí. “Solamente una hora antes de la salida” dijo un tipo que se dio la vuelta maldiciendo mientras nos dejaba a todos mirando sin comprender. Era el inicio de las vacaciones de verano en España, uno de los países más hermosos y atractivos del mundo y había muchos turistas de viaje.

Yo no quería gastar en un hostal y quería llegar a Madrid a más tardar al día siguiente, pues unos amigos me esperaban a la siete de la mañana y se iban a preocupar al ver que yo no llegaba. Por eso, decidí quedarme en la estación, formado (éramos como 200 los que queríamos irnos a Madrid), para alcanzar un boleto a la hora que abrieran la taquilla a las 5:30 de la mañana. En un extremo de la estación había un McDonald´s. En San Luis Potosí hay como cuatro MacDonald´s y nunca, nunca, me he metido a comer a ninguno, pero ahí lo hice porque era lo único barato. Es un decir, claro.

Me metí a comer yo solo y a pasar el tiempo. Estaba contemplando lo fofo de la hamburguesa y lamentándome de lo que había pagado (“hubiera salido a buscar una tienda me repetía mentalmente) cuando un muchacho de cabello rubio se me acercó “Oye ¿tienes cambio?”me preguntó extendiendo un billete de cinco euros. Inmediatamente supe que era mexicano... de la Ciudad de México, para ser preciso.

No mano, no traigo cambio – contesté. El se sorprendió al escuchar mi acento mexicano, pero se dio la vuelta y se fue Yo estaba rodeado, en las otras mesas, de árabes, gringos y japoneses. Tenía ganas de hablar con alguien en mi idioma, con alguien cercano. Desde varios días antes no hablaba en español con nadie. Solamente en un inglés muy básico con un francés en el recorrido de Roma a Niza y en “Itañol” con un italiano en Montpellier.

Entonces llegó un policía a sacarnos a todos del McDonald´s porque ya iban a cerrar. Me fui y me senté justo enfrente de la taquilla del tren, para alcanzar boleto. Apenas eran las 11 y media de la noche. Afuera de la estación seguía lloviendo. Acomodé mi mochila para que hiciera las veces de almohada y apenas estaba sacando un cigarro cuando llegaron varios policías con perros y macanas para ordenarnos que saliéramos del lugar. Éramos unas 200 o 250 personas, de varios países (incluso ancianos y niños) que fuimos echados del lugar de una forma muy grosera.

Hubo protestas, pero fueron inútiles y así, rodeados por policías y perros que nos ladraban, fuimos sacados de la estación. Yo miraba a mi alrededor, buscando alguien con quién “hacer equipo” para pasar la noche en la puerta de entrada del lugar. Había un japonés, pero esos, como los gringos (y los mexicanos, como después me daría cuenta) son unas islas andando. No se relacionan con nadie, deambulando por todos lados tomando fotos. Había unas muchachas francesas, vestidas a la usanza hippie y había grupos de personas de otros países.

Ya afuera busqué dónde recargarme en las vidrieras de la entrada a la estación. A mi paso veía a los grupos de mochileros daneses, gringos, todos en bola, acomodándose y no sabía a quien pedirle que me dejara estar con ellos. Casi todo mundo lo tomó como parte de la diversión y se organizaron grupos que estaban escuchando música, fumando y conviviendo. Entonces, me encontré al muchacho mexicano aquel del McDonald´s. Estaba con varias muchachas y otros muchachos también mexicanos. Uno de ellos traía puesta la camiseta de la selección nacional de fútbol, para ser específicos, la playera de Borguetti. En el piso había dos enormes sobreros típicos de los combatientes de la revolución y de la imagen que nos gusta dar a los mexicanos de nosotros mismos en eventos internacionales. Les pido que me dejen quedarme al lado de ellos. Me miran en silencio. Me congelé todo porque comprendí que no tenían muchas ganas de que estuviera cerca. Y no. No iba borracho, ni mal vestido ni despeinado ni nada. El que me había pedido el cambio en el “restaurante” (no sé, de verdad, como se atreven a llamarle así a los McDonald´s) rompió el silencio y dijo. “Este también es de México”. Los otros, de cualquier forma, no dijeron nada, pero él dijo “Sí, no hay bronca”. Me acomodé al lado de ellos. Apenas eran las doce y media de la noche. Seguía lloviendo y tronando en el cielo de Barcelona.

En toda la noche apenas y nos tomamos en cuenta, tanto ellos a mí, como yo a ellos, pese a que estábamos juntos, recargados contra las vidrieras de la estación Sants, apenas resguardados de la lluvia por un techo pequeño. Estábamos juntos, pero al mismo tiempo había una enorme barrera invisible que nos separaba. No la nacionalidad en sí misma, sino, creo, nuestras distintas mentalidades. Eran muchachos de dinero vagando por Europa y no había nada que pudiéramos decirnos. Platiqué más con las francesas onda hippie que con ellos.

La noche fue larga y fue la única en que me sentí realmente solo cuando estuve en Europa. Yo deseaba que pasara por ahí alguien, cualquier persona conocida para hablar con ella. Hubo un incidente con un marroquí y un gringo. Comenzaron a pelearse y el marroquí sacó una navaja. Y, como sucede a nivel “macro”, todas las nacionalidades se pusieron en contra del árabe. Los alemanes eran los más enfurecidos. Llegó la policía y fue en búsqueda del muchacho magrebí que había huido cuando el norteamericano comenzó a gritar aterrorizado. Momentos después, cuando escampó un poco, me levanté a fumar un cigarro y caminar por ahí, y entonces un tipo catalán se me acercó para ofrecerme a una jovencita que, me dijo en voz baja, tenía en un carro en el estacionamiento de la estación. “Ya le he enseñado como chupar la polla”, aclaró sonriendo con una mirada lasciva. Le digo que no y sigue insistiendo. Busqué a los alemanes con la mirada para que vinieran a salvarme a mí también pero, como ya había pasado el peligro árabe, estaban haciendo malabares con unas clavas para algarabía de todos los que estaban cerca. Decido regresar a sentarme. Al lado de mí, los compatriotas estaban tomando cerveza y platicando sobre sus experiencias en el continente europeo (por lo que escuché, se habían conocido ahí mismo, en Barcelona). Yo quise acercarme y platicarles de Bohemia y Silesia, de Ladinka, mi amiga que me enseñó su hermoso país checo, de París... de todo lo que me había ocurrido... pero no me atreví.

Yo sabía que no había nada en común entre ellos y yo, como tampoco tenía yo nada en común con el japonés, que es una isla como su país mismo (y como yo y como muchos mexicanos), que estaba sentado más allá, contemplando la lluvia que había iniciando otra vez, mientras escuchaba música en un reproductor de discos compactos; o con el marroquí, que había huido del mundo entero, simbolizado por todos esos seres extraños que lo insultaban a las afueras de la estación de ferrocarril de Barcelona Sants.

Creo que Octavio Paz tiene razón: la soledad es saber que no eres como el otro. Pero no importa la nacionalidad que uno tenga, y creo que ni siquiera el origen social, sino las ideas, las expectativas. Solamente así podría explicar las amistades que hice, por ejemplo, en la República Checa. Ni siquiera hablábamos el mismo idioma y nos hicimos grandes amigos. Teníamos muchas cosas en común, sobre todo la música.

Al final de la noche, una de las paisanas que no se había quedado dormida, me preguntó si no sabía de hostales en París y saqué mi librito con direcciones de hostales y se lo presté. Le hice algunas recomendaciones y pese a algunos intentos de mi parte, eso fue todo lo que hablamos. Lo que, al parecer, podía acercarme con ellos (la nacionalidad) me alejaba. Qué podíamos decir de nosotros mismos que no supiéramos ya. Qué decir de México, de nuestras ciudades, de nuestra comida, de nuestra cultura, que conocíamos, pero que veíamos desde perspectivas opuestas. Vivíamos en el mismo país pero en mundos diferentes.

Y creo que esa es la soledad, saber que uno tiene un mundo propio ajeno al de los otros. Por eso me sorprendió la República Checa, pues geográficamente y culturalmente es un país alejado, alejadísimo de México, pero, en lo humano, en lo personal, yo tuve muchas coincidencias con los checos, y creo que también podría tenerlas con los argelinos, los coreanos, los senegaleses y hasta con los gringos. Al final, lo que nos hace menos solos son las coincidencias de espíritu, de las ideas y claro, la amistad.



Por ejemplo, en un bar de una ciudad llamada Krno, cercana a Polonia, platiqué como una hora con un checo que no hablaba inglés en lo más mínimo. Lo hicimos a señas, y tocando varios temas, como música, cine y hasta de telenovelas mexicanas; de Salma Hayeck (para mi amigo checo Salma Hayekova) y de nuestras familias. También lo hice en Roznov, una ciudad en la frontera con Eslovaquia, con varios muchachos checos de un grupo de rock que me presentó mi amiga Lada. Sin embargo, con mis “compatriotas” mexicanos no tenía nada que decir. Nada en que coincidiéramos, salvo el antojo de atole caliente o un tequila, aquella lluviosa madrugada catalana.

Por fin, a las cinco de la mañana abrieron la estación y regresé a sentarme justo al lugar de donde me habían sacado los policías la noche anterior. E
staba quedándome dormido y un policía me despertó haciendo ruido en mi oreja con su radio-comunicador. También estaba prohibido dormirse (es en serio). Las pantallas de televisión que pendían del techo se encendieron y comenzaron a verse los noticieros matutinos. Aparecieron imágenes del Papa dando misa en la Basílica de Guadalupe, durante la canonización de Juan Diego. Mientras hacíamos la fila para comprar los boletos, los “mochileros” europeos veían admirados en las pantallas las danzas de los indígenas de México en el atrio guadalupano. Alcanzo a escuchar a uno que dice “I was there”. “Yo también”, le replico instintivamente en español y todos me miran sin comprender. Dos horas después, reconociéndome ya como una isla, iba trepado en el tren hacia Madrid.