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martes, septiembre 08, 2009

¿Quién dice que no se puede? El optimismo a la mexicana

El sábado la televisión hizo un gran escándalo luego de que la selección ganó un partido de visitante a la selección de Costa Rica en las eliminatorias para el mundial. Mucha gente parecía muy feliz: los amigotes con los que veía el juego, el imbécil de la televisión que gritaba como poseso "¡mátalos, mátalos! cuando un jugador de la selección estaba por anotar un gol. Pero yo no compartía esa alegría. Realmente no me ponía feliz.

No es que no desee que un equipo deportivo de mi país gane, o que no sea capaz de compartir una alegría con otros. Es simplemente que no encuentro motivos reales para esta alegría. Puedo decir sin ruborizarme que pienso que mi estado de ánimo se debe a que no tengo dinero suficiente para pasar la quincena.

Es increíble: el día de pago es el lunes próximo y yo no puedo comprar una mugrosa lata de cerveza o de coca-cola. Tuve unas invitaciones para ir a reuniones viernes y sábado y evité ir porque ello implicaba un taxi, gastos.

Y me desespera porque mi día comienza a las 6 de la mañana y acaba a las 9:30 o 10, que regreso a casa. Ni siquiera puedo tener otro trabajo porque el que tengo demanda que estém ahí todo el día. Y cada día que pasa lo veo como un día menos, no como un día más. Y me gustan muchos aspectos de mi trabajo y pongo todo mi esfuerzo para que salga bien. Pero no me alcanza... simplemente no puedo pagar mi vida con este trabajo.

Y cuando veo la alegría de los fanáticos de fútbol, y que gritan "Sí-se-puede-sí-se-puede" y que el presidente dice que todo va en camino de estar súper, yo miro mis zapatos, sucios, agrietados, como los llevaba la noche del viernes pasado que llovía y llovía mientras esperaba el autobús para ir a mi casa, pensando la forma de sacar algo de más de dinero.

No recuerdo un sólo día, desde que comencé a trabajar a los 17 años, que el país no haya estado en crisis y no recuerdo la última vez que compartí un momento de alegría con otros. Pero a veces tengo algo de esperanza, cuando me quedo mirando el techo de mi cuarto, imaginando que ahora sí, mañana todo estará mejor y eso me alienta por uno o dos días... porque al final, como mis amigas y amigotes borrachos que veían conmigo el fútbol, no entiendo lo que pasa con claridad y termino preguntándome, como todos ¿quién dice que no se puede? cuando leo mi recibo de pago con una sonrisa...


miércoles, abril 09, 2008

Nota de Viaje 5: cervezas, café y la Scarborough Fair






Llego de lavar mi ropa y revisar mi correo electrónico en la biblioteca pública en una ciudad de un país que habla inglés, una tarde nevada de principios de 2000. Comparto el departamento con otro mexicano y una norteamericana muy jóvenes que son pareja. Ella, de unos 18 años, se ha ido a una ciudad al norte a visitar a su familia, y mi compañero mexicano, aprovechando la ocasión, ha llevado a 4 muchachas rubias, que son meseras de un restaurante del freeway 326, a otro muchacho rubio y a un afroamericano. Bailan y se manosean unos a otros mientras paso con mi canasto de ropa doblada. En el aire bailan el olor a marihuana y los gritos a todo volumen de un cantante de hip-hop.

Mi plan era mirar un poco de TV y dormir porque esa era mi noche de descanso del gran almacén donde descargo traileres en este país que habla inglés. Pero me doy cuenta que no podré perpetrar mi malévolo plan, dado que, como veo que se besan el afroamericano y la muchacha rubia, sospecho que la fiesta no terminará pronto.

Dejo mi ropa en mi cuarto y voy hacia el refrigerador por una cerveza esquivando a las parejas que bailan. El mexicano con el que comparto el departamento y que no tiene más de 20 años, baila con dos de las casi adolescentes rubias y me saluda con la vista mientras besa a una. En el refrigerador descubro que mis cervezas ya han sido consumidas, pero hay de otra marca y me tomo la libertad de agarrar una.

El afroamericano me hace la seña de salud con su mano que tiene una de las cervezas que yo compré. Le devuelvo el gesto. En mí cuarto, cierro la puerta y me siento en la alfombra a tomar la cerveza y mirar la televisión con el botón de "silencio" puesto, ya que es inútil intentar escuchar el sonido de la televisión, dado los gritos del cantante de hip-hop.

Me quedo dormido mirando un programa de concursos del que no entiendo nada, pero en el que sale concursando una muchacha de cabello lacio y negro que me gusta. No sé cuánto tiempo permanecí dormido cuando una música celestial me despierta. El hip-hop ha dejado de escucharse, y lo que domina el aire es la voz dulce de una mujer que canta el clásico de Simon y Garfunkel, Scarborough Fair

El sonido parece tomar mis manos y levantarme. Como si de un ser invisible se tratara, la puerta de mi puerta se abre y veo a una de las muchachas rubias, cantando con la mirada pérdida en algún lugar de sus recuerdos, mientras su rostro se ilumina con las luces que penden del techo. Todo está oscuro y los demás no están ahí. Las luces rojas del reproductor de CDs parecen sonreir.

"Are you going to Scarborough Fair? Parsley, sage, rosemary, and thyme.
Remember me to one who lives there, she once was a true love of mine..."canta la niña rubia y sus ojos se encienden e iluminan los míos. Estoy hipnotizado.





vídeo cortesía de wendygillissen

" Tell her to find me an acre of land.
Parsley, sage, rosemary, and thyme.
Between the salt water and the sea strands.
Then she'll be a true love of mine..." continúa cantando la muchacha que ignora mi presencia y que tiene sus manos en el pecho.

No estoy seguro si es un sueño, pero me siento entre nubes. Lejos del camión lleno de cajas que parece un congelador, lejos de la ansiedad que me provocan las patrullas que aparecen por las calles de la ciudad, lejos de los drogadictos de la Cotton street, lejos de la aspiradora de alfombras de la tienda de electrónicos en el freeway 326. Lejos de la soledad que sonríe todas las madrugas dentro de mi pecho.

" Are you going to Scarborough Fair? Parsley, sage, rosemary, and thyme.
Remember me to one who lives there, she once was a true love of mine..." sigue cantando bajito y dulce la muchacha, con sus manos exendidas hacia algún lugar en su mente.

Y entonces, del baño sale el afroamericano sonriendo y abrazando a la muchacha. Diciéndole algo en inglés y tocándole el trasero con ambas manos. En ese instante suena mi celular y despierto: por la época de navidades hay un camión extra y tengo que presentarme a trabajar en aquel gran almacén. Con el sonido del teléfono los dos novios se vuelven y me miran. Sonrío y regreso a mi cuarto acompañado otra vez por la voz de un cantante de Hip-hop. Apenas tengo tiempo de ponerme una chaqueta de invierno, mi gorrito y salir corriendo para comprar un café en el Starbucks del freeway 326 y despertar para irme a trabajar descargando el camión, pero sobre todo para despertar de este sueño que me dio una alegría, una noche nevada de invierno en un país que habla inglés...





Vídeo cortesía de Alpet07 :)

Entradas relacionadas:


Diario de viaje 1: La prostituta de la calle Mobberly


Diario de viaje 2: El ángel de la caja 7


Diario de viaje 3: Fantasmas de Viena


Diario de viaje 4: "No sé quién eres... pero estoy contigo... I´m with you..."


¿Por qué Diana de Gales amaba al príncipe Carlos?

Viaje ácido de alguien que no vio el final de la fea más bella

martes, marzo 25, 2008

Diario de Viaje 3: Fantasmas de Viena











Sentía el corazón destrozado un invierno de hace unos años cuando deambulaba por una calle solitaria de Viena, mientras la nieve ensuciaba aún más la chaqueta que había comprado a una vietnamita en un mercado público de una ciudad eslava semanas atrás. Llevaba dos días sin hablar con nadie.

Me sentía cansado y con hambre. Eran las tres de la tarde pero ya estaba muy oscuro, casi de noche y entré a un supermercado llamado Billa tratando de encontrar algo de comer que me costara no más dos euros.

Encuentro unos bocadillos a dos euros, compro uno y me quedo a comerlo justo en la entrada para evitar el frío. Entonces me doy cuenta que ahí se encuentra también una muchacha austriaca, de unos 25 años, con un gorrito de colores y un bocadillo como el mío atrapado entre sus manos enguantadas. Me mira y luego mira mi bocadillo. Sonríe y pregunta algo en alemán. Sus mejillas estaban salpicadas de rojo por el frío y sus ojos azules buscaban mi respuesta como lo haría una niña.

Le pregunto en inglés si habla inglés. Ella arquea las cejas sonriendo y vuelve a decir algo en alemán. Yo sonrío porque no entiendo nada y ella me codea sonriendo y diciendo algo en alemán creyendo que he entendido la broma. Tengo dos días sin hablar con nadie, salvo con la malhumorada recepcionista de un hostal en las afueras de la ciudad y la primera persona que encuentro para comentar algo, decir algo, no habla ni español ni inglés. Qué pena. Con esperanza pregunto "¿español? English?. Mi rostro debe parecer desesperado pues ella deja de sonreír y me mira con seriedad, como si tratara de descifrar quién soy y por qué hablo así.

Cuando has pasado tiempo sin hablar con alguien, en español o cualquier otro idioma, se genera una especie de ansiedad por comunicarse... por sentir que no eres un fantasma que va por ahí en las calles y que puedes escuchar y ser escuchado... aparece una necesidad por sentirse una persona, un ser humano como los demás.


- Hola, soy Marco, I am Mexican, ja som mexikan, je suis Mexicain... me quiero ir a Praga, tengo dos días sin hablar con nadie...
I like Viena too much, Vienaje krasne,Vienne est une très belle ville...

Las señas, los gestos con las manos y el rostro no eran suficientes para decir tantas cosas que quería. Y ahí estaba ella, queriendo comunicar y yo queriendo comunicar pero en idiomas distintos y eso me hacía un extraño, una persona indescifrable de la cual hay que tomar distancia, precaución. Por eso, ella, forzando una sonrisa, se dio la vuelta y salió del Billa para perderse en las finas lágrimas de nieve que maquillaban el hermoso rostro de Viena.

Miré a las personas que entraban y salían del Billa. Turcos, asiáticos, austriacos. Y algo se encendió en mi corazón. Alguien, quizás, hablaría mi idioma más tarde... mañana, algún día. Sonreí y guardando el bocadillo en la chaqueta salí a las calles blancas de Viena, con un rumbo distinto al de la muchacha que no hablaba español. Con mi corazón todavía en pedazos, pero iluminado por una ilusión. :)

miércoles, marzo 12, 2008

Diario de viaje 1: Texas, la prostituta de la calle Mobberly






"Ella, en medio de la penumbra mental provocada por la droga, el alcohol o lo que fuera, me alcanzó a mirar con sus dos ojos azules. Parecía que no era ella la que me miraba, sino una niñita, la niña que fue..."

Este de Texas, condado de Gregg. En la calle Mobberly hay una adolescente con polio que se prostituye. Ahora tiene un ojo morado. Pero sonríe mientras juega con su cabello rubio. Hacía días que no la veía. Solía estar sentada en una banca detrás de la gasolinera donde compro café (un café horrible) y refrescos.

A veces, cuando no estaba drogada me sonreía y me saludaba agitando la mano efusivamente. Una vez hasta dijo, en español, "hola, amigo". Un día le di un "quarter" para que completara para su cerveza y otro día que estaba sentada en la banca, adormilada y boquiabierta, mirando al piso, me acerqué para recargarla en el respaldo y levantar su gorra que se le había caído

Ella, en medio de la penumbra mental provocada por la droga, el alcohol o lo que fuera, me alcanzó a mirar con sus dos ojos azules. Parecía que no era ella la que me miraba, sino una niñita, la niña que fue. Y parecía que me decía "thank you" o eso quise creer. Luego levanté su bastón y lo puse entre sus manos que eran incapaces de sostenerlo. "Leave her alone!" escuché detrás de mí. Eran tres tipos, dos “hermanos”* y un “bolillo”**. El que había hablado era uno de los "hermanos" y era enorme. Me miraba fijamente. Los otros dos estaban drogados o algo así y tenían la mirada pérdida. Yo los había visto antes con la muchachita. Me levanté, pero antes la miré a ella que parecía hacer esfuerzos por tener sus ojos abiertos. "I was trying to help her", dije pasando a un lado de ellos. No hubo respuesta. Entré en la tienda de la gasolinera, seguido de la mirada de aquel tipo. Cuando salí, la muchacha iba trepada en un coche negro (que conducía alguien que no se distinguía en la oscuridad) con la cara pegada a la ventanilla. Me miraba desde atrás del vidrio, empañado por su aliento. En la banca los tres tipos aquellos bebían cerveza y hablaban. Al fondo, se alcanzaba a ver la iglesia donde me quedo a dormir. Aunque son las diez de la noche, hace un calor insoportable. Es otra noche de verano, una noche cualquiera en Texas.







* Un hermano es la forma como muchos mexicanos nombran a un afroamericano, pues èstos se llaman asì mismo "brothers". Tambièn, los latino suelen llamar a los afroamericanos "morenos".

**Bolillo es la forma como los latinos llaman a un norteamericano blanco. Bolillo es un pan popular en Mèxico y se caracteriza por que su color es pálido...


jueves, enero 03, 2008

Carta a un protector de pederastas

Un periodista revela cómo fue acosado sexualmente por un sacerdote católico...

"Cuando fray Gilberto regresó, me invitó a rezar las últimas oraciones. Yo dormiría, me dijo, en su cama y él en el suelo. Luego sucedió la pesadilla de aquella noche..."



Como es amliamente reconocido,
México es un país cuyas instituciones, como la Suprema Corte de Justicia, protegen a las redes de pederastas, sobre todo si estos pederastas pertenecen a la iglesia católica. Un ejemplo está en este post. No obstante, algunos periodistas,como Leopoldo Mendivil, no se detienen en su lucha por denunciar esta situación. La carta que añado a continación apareció en el periódico Crónica, está dirigida al cardenal de la Ciudad de México, Norberto Carrera, a quien se le acusa de proteger curas pederastas. En esta carta, el periodista narra s experiencia al ser acosado por un cura pederasta cuando era niño. La carta es valiente e ilustradora de la desesperante situación en México acerca de los derechos humanos y la indefención de los niños ante los pederastas:


"CARDENAL NORBERTO RIVERA, ARZOBISPO DE MÉXICO:
Sus palabras, tomadas de la grabación de su sermón en la misa que ofició para las reclusas de Santa Martha Acatitla el 17 de diciembre, fueron:

“… Tantas cosas hacen peores, no matan el cuerpo del hombre pero es una víbora que mata la fama de los demás, y ustedes se encuentran aquí, pero también afuera (hay) gente que mata la dignidad, el buen nombre de las personas, verdaderas prostitutas, verdaderos prostitutos de la comunicación y no les importa si sean inocentes o no, con su sentencia ellos juzgan, ellos condenan y para ellos no hay más justicia que la que ellos dictan”.
Así barrió por parejo, cardenal, a periodistas, mujeres y hombres, sin distinción, sin inocentes, sin grados de culpabilidad o de inocencia. Sin juicio, incluso.
Hay otros, cardenal, que con sus actos matan otra clase de valores, como la fe en la religión que ellos representan. Sobran casos y sobran acciones con las que ellos pueden matar la dignidad; pero hay una que, así no haya logrado su objetivo, humilla para siempre:
La del pederasta con sotana.

Como no hay mejor ejemplo que el propio, voy a contarle a grandes rasgos la noche en que murió, asesinada, mi creencia en la Iglesia Católica Apostólica Romana:
Ocurrió en Durango —su ciudad, mi ciudad, cardenal— el Viernes Santo del año 1952.
Cursaba el sexto año de primaria en el Instituto Durango, un colegio de la orden franciscana. Pertenecía al coro del colegio, integrado ese mismo año por algunos de los frailes cuya casa formaba parte del templo de Los Ángeles, allá, usted sabe, donde comienza el Parque Guadiana. Fray Gilberto, fray Rigoberto y Fray Junípero organizaron lo que sería también un medio para buscar candidatos al seminario y como se trataba de convencernos, nos invitaron a pasar con ellos el Viernes Santo. No a todos los miembros del coro, sólo a los que, supongo, consideraban más aptos para tomar el camino de la Iglesia, pero el respeto me obliga a guardar sus nombres, sobre todo porque algunos, al menos por un tiempo, siguieron ese camino.

Como la casa de los franciscanos no tenía espacio para huéspedes, cada uno de nosotros dormiría en la celda de uno de los frailes. Fray Gilberto me invitó a compartir la suya.
Fue un día muy agradable que transcurrió entre actos ceremoniales, deportes, charlas sobre la conmemoración de la muerte de Cristo, la historia y los hechos de los apóstoles, etc., pero por la noche se nos instruyó retirarnos a las celdas correspondientes en tanto ellos culminaban el ritual de la crucifixión con una ceremonia secreta, en el templo. Así debió ser, pero alguno sonsacó a los demás que quisiéramos presenciar el ritual, a subir en silencio al coro. Y varios lo hicimos, cardenal. Pudimos ver a los frailes y a los sacerdotes orar primero, en latín, conducidos por el superior de la orden y director del colegio, y luego desnudarse el torso y azotarse la espalda con los lazos de los hábitos. Cuando los azotes terminaron, perturbados nos fuimos, silenciosamente otra vez, a las celdas.

Cuando fray Gilberto regresó, me invitó a rezar las últimas oraciones. Yo dormiría, me dijo, en su cama y él en el suelo. Luego sucedió la pesadilla de aquella noche. No la voy a describir; sería demasiado aunque por fortuna no duró más de un instante, cardenal, porque el tamaño del susto me hizo reaccionar rechazando lo que no conocía pero el instinto, supongo, encendió mis alarmas lo suficiente para que el fraile las detectara cuando vio mis ojos clavados en la puerta de la celda. Pidió perdón, se tumbó sobre la colchoneta tendida en el suelo y para nada se movió ya. Ignoro cuánto tiempo estuve despierto pero fue una larga, terrible vigilia.
Días después, en el colegio, fray Gilberto me preguntó si estaba enojado. No respondí ni conté aquello a nadie. Mis padres murieron muchos años después sin enterarse. Mis hermanas menos; tampoco mis amigos y en los 55 años que han transcurrido desde aquella noche de Viernes Santo sólo unas cuantas personas conocieron la historia y la explicación del retiro irrevocable que me auto-decreté de la Iglesia… Y de Dios, cardenal, porque a fuerza de rumiar muchísimas veces aquel pasaje de mi infancia nunca pude justificar que ni por haber sido la conmemoración de la muerte de Cristo aquel individuo, que se preparaba para ser Su-representante-en-la-Tierra, hubiera intentado eso conmigo…

Desde entonces, salvo escasas ocasiones en que intenté cambiar, sigo fuera de su Iglesia, cardenal… Y en cuanto a Dios, las cada vez más infrecuentes ocasiones en que recordaba el incidente, le reclamaba cómo podía permitir a Sus “ministros” ensuciar Su nombre sin castigar, entre tantas conductas inmorales que les hemos conocido, esa, quizá la más vil, de la pederastia.

Soy, con orgullo, periodista, y comparto con mis colegas el calificativo que como Príncipe de su Iglesia nos endilgó, a todos, de “verdaderas prostitutas, verdaderos prostitutos de la comunicación”. Por eso decidí revelar públicamente aquella noche de Viernes Santo que he cargado por décadas con vergüenza y rabia, no por lo que —quiso Dios, quizá— logré impedir, sino por el recuerdo de aquel fraile vestido con el hábito franciscano, intentando ensuciarme… Y por el honor de los que no pudieron evitarlo.

Respondo también, cardenal, a su bautizo, con esta revelación como un reclamo enérgico por su insolencia contra periodistas que cumplimos la función social de denunciar, pruebas vistas, a “los verdaderos prostitutos” que en la Iglesia y fuera de ella atentan contra leyes, creencias, famas, dignidades, vidas, patrimonios… Los primeros, malamente escudados en el nombre de Dios, pero protegidos por sus superiores.

lmendivil@delfos.com.mx, m760531@hotmail.com "

Post relacionado con los pederastas en la iglesia católica: "Viaje ácido de un niño violado por un sacerdote católico"